Reflexiones sobre la violencia

No nos podemos permitir un debate superficial sobre la violencia. No nos podemos quedar en la condena o defensa a ultranza de su uso por parte de uno u otro bando. Tampoco podemos caer en la hipocresía de la equidistancia.

No podemos permitírnoslo sobre todo si creemos que estamos ante el colapso o, como algunos consideramos, llevamos viviéndolo al menos una década. Los recursos fósiles están en claro declive sin ninguna alternativa clara. Teniendo en cuenta que somos sociedades que comemos, literalmente, petróleo, no es un factor menor. Junto a esta circunstancia, la presión ambiental por el calentamiento global lleva y llevará a situaciones límite a muchas sociedades.

El estado democrático se basa en un contrato sobre la violencia: el estado obtiene su monopolio. A cambio, ofrece mecanismos efectivos de disidencia, a través de la libertad de expresión, el voto y la escucha activa de los gobernantes.

Debería ser evidente que un gobierno debe escuchar a sus súbditos. Si no los quiere escuchar, generalmente termina prohibiendo cualquier expresión que le lleve la contraria. Y ese es el principio del fin. El cuento de Andersen, El Rey Desnudo (1835), es antiguo, bebiendo de fuentes como El Conde Lucanor (ca. 1330) y global, encontrándose en el folclore de la India o Turquía. Igualmente antiguo es El Rey Lear (1603).

El caso es que ningún gobierno tolera la desobediencia, pero la espita de la disidencia busca estar abierta en democracia. Y digo espita y no caudal pues desgraciadamente esta se modula para que sea ineficaz, pero para dar la apariencia de efectiva. Esa espita se regula de varias maneras. Una son las técnicas de dilación, en la que las elecciones cada 4-5 años son una herramienta primordial. Otra es la demonización de lo que no huela a statu quo, a través fundamentalmente de los medios de comunicación de masas. Y la última son los partidos que recogen el descontento y luego traicionan a sus votantes. Todo ello con sus dosis de spin doctoring y sofismas para confundir al personal.

Así se llega a un estado TINA de indefensión aprendida, en el que uno entiende que nada se puede cambiar, y tira para adelante votando al PSOE, que aunque se la cuela, lo hace con vaselina. Y esto funciona. Mientras la mayoría de los estómagos están llenos. Durante varias décadas, gracias a nuestros estómagos llenos ha podido engordar hasta el paroxismo los estómagos de, parafraseando a Joseph Heller, esos pobres desgraciados sin moral que nunca se sienten satisfechos con lo que ya tienen [1].

Mientras la mayoría de los estómagos están llenos. Pero cuando no lo están, cuando el hambre comienza a apretar, o cuando se la ve a la vuelta de la esquina, o cuando la humillación del resto de condiciones materiales empieza a ser insoportable, la indefensión aprendida se acaba.

Entonces se vuelve a disputar el monopolio de la violencia. Por eso tenemos que hablar de ello, aunque, al menos para mí, es muy incómodo.

La patraña del pacifismo (en solitario)

Esta pancarta de una de las manifestaciones a raíz del encarcelamiento de Pablo Hasél lo dice todo. La diminuta puerta de la disidencia abierta el 11M se cierra o no da para más, mientras se intenta cerrar aún mejor. Es una lección que los negros en EEUU o Sudáfrica, o los indios colonizados por UK, conocen bien.

poli malo poli bueno

Y es que ese es uno de los goles que nos meten cuando nos venden el pacifismo de Gandhi, Mandela o Luther King. El sistema los ensalza como ejemplo de que el pacifismo funciona. Pero no es toda la verdad, ni mucho menos. El hecho de que les den tanta bola ya debería hacernos sospechar.

Al mismo tiempo que Gandhi había una contrapartida violenta, liderada por Bagat Singh entre otros. Este nombre no nos suena tanto, pero en la India hay muchas más estatuas con su busto que con el de Mahatma. Si Gandhi triunfó fue por lo masivo de su movimiento pacífico, pero también por la coincidencia de un imperio en decadencia presionado por acciones violentas como las de Singh.

Lo mismo se puede decir del tándem Luther King/Malcom X. O de los dos Mandelas, el que practicaba la desobediencia violenta primero, y el que luego aglutinaba bajo la disidencia pacífica. Un buen repaso sobre estos equilibrios entre la acción violenta directa pero minoritaria, y la acción pacífica indirecta pero mayoritaria se hace en el libro (ahora también movimiento) Deep Green Resistance, de Jensen y Keith (2011). Si te ha interesado el texto de Andreas Malm, sin duda recomiendo este libro. Lamentablemente, no traducido al castellano creo.

Debemos abordar el problema de la violencia sin tabúes, si queremos que el S XXI no esté más teñido de violencia que el S XX. En su pacifismo extremo, Gandhi no condenó la violencia contra Singh cuando le colgaron. Los británicos lo vieron bien, pero lo vieron tan bien cuando les recomendó ceder sus casas a los nazis y no presentar resistencia violenta. Es posible que la paz no siempre provoque menos violencia que la propia violencia. Son dos aspectos complementarios, y si saliéramos de la lógica binaria que niega una de las dos y afirma la otra, sea la que sea, podríamos entender las dinámicas sociales e históricas. Esto lo hacen mejor los orientales, donde el ‘ser o no ser’ no existe, pero sí el taichi (símbolo).

Tipos de violencia

Hay muchos tipos de violencia. Esto es evidente, pero a menudo metemos todo en el mismo saco. Quemas un contenedor: violento. Rompes un escaparate: violento. Robas en un supermercado: violento. No oímos ese adjetivo tanto cuando revientas un ojo con una pelota de goma. A veces casi parece que sólo la violencia contra la propiedad privada es considerada violencia. No oímos ese adjetivo tanto cuando revientas un ojo a alguien con una pelota de goma. Y desde luego no lo oímos nada cuando hablamos (si es que hablamos) del muerto semanal por la caza, del muerto diario por atropello en ciudades, de la tala indiscriminada. El conductor, el cazador, el talador no son violentos, aparentemente.

De hecho, creo discernir que la fractura política fundamental, luego devenida en izquierdas y derechas, es la priorización de las violencias. La división sería si te preocupa más la violencia sobre las personas o sobre las cosas. Sobre lo vivo o sobre lo muerto. Sería como una interpretación necropolítica de la violencia que podría desarrollarse en cuestiones como el aborto, la eutanasia, el ecologismo, la vivienda, etc.

Sírvame de ejemplo Tyre Extinguishers, una iniciativa que funciona muy bien. Se trata de una estructura totalmente descentralizada con un objetivo común: sabotear (de manera muy suave) los SUVs para desincentivar su compra y concienciar sobre el problema que suponen. Un SUV es un tanque que se usa para llevar a los niños al cole, básicamente. Nos cargamos toda la eficiencia lograda en los motores y en la carrocería y volvemos a consumir lo mismo que un coche viejo porque nuestro pequeño ego necesita llevar un monstruo grande (cosa ya aplicable previamente, vean el anuncio de Fiat abajo). Pero es más, son los responsables del 40% de víctimas mortales de menores en atropellos, a pesar de representar sólo el 17% de los atropellos. Además, tienen 11 veces más probabilidades de volcar por su elevada altura, aumentando los riesgos de muerte en accidente.

En fin, volviendo al tema, Tyre Extinguishers se dedican a poner lentejas en la válvula de los neumáticos de los SUVs y dejar un panfleto en el parabrisas. No rajan las ruedas de cada ataúd de metal en nuestro mundo, que podría ser algo razonable. Son mucho más ‘razonables’ que eso.

A pesar de sus remilgos, el nivel de insultos, amenazas y violencia a la que se
enfrentan, al menos en las redes, es acongojante. El comentario estándar es «deshincha la rueda de mi coche y te vuelo la cabeza«. Yo lo calificaría de nivel Mad Max. «La violencia menor contra la propiedad es mucho peor que la violencia sumaria contra las personas», parece ser el lema del conductor medio que se pronuncia. Pensando en el número de víctimas directas e indirectas que ponemos en el altar del coche cada día, no parece que sea un lema con el que no esté
esencialmente de acuerdo el statu quo.

Recopilando

La violencia es consustancial a la acción política, no necesariamente deseable, ni
agradable, ni romántica. Cuando no la hay, el statu quo ha llegado a un equilibrio virtuoso. Cuando este equilibrio se comienza a desmoronar, si el statu quo no cambia (por definición, tiende bastante a la estática), comienzan a aparecer tensiones que cada vez llevan más al límite los equilibrios anteriores. En este punto, la violencia aparece como un elemento difícil de evitar, e incluso importante para el cambio. No voy a llegar al punto de hablar de prepararse para la guerra si quieres la paz, pero reflexionar sobre la violencia es un ejercicio que, aunque pueda resultar incómodo, es necesario.

[1] Se trata de una anécdota que cuenta Kurt Vonnegut en el libro «Que levante mi mano quien crea en la telequinesis». Ambos, él y Heller, se encontraron en una cena de gala en casa de unos ricachones. Se sentían los únicos extraños en ese contexto, y hablando de ello, salió esta reflexión del autor de Trampa 22.

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Bruce Wayne contra Wayne Jenkins

Batman es una franquicia que desde que la cogió Nolan (aunque tal vez siempre) utiliza una temática de política bastante recurrente: el sistema es una mierda. Además resulta insistente en dar una moralina final al respecto.

Es por ello que me atrevo a comparar a un película de ficción con una serie de corte más realista como We Own This City, (2022) lo nuevo de dios David Simon (creador de The Wire). WOTC (no confundir con Wizards of the Coast, que os veo) narra, de manera ficcionada, los hechos ocurridos en Baltimore tras la muerte de una persona a manos de la policía (por persona me refiero a joven afroamericano, claro).

No leía mucho cómic de DC (soy un Marvel-zombie), aunque no recuerdo a Batman tan polarizado hacia el tema de limpiar la ciudad, aunque puede que ya lo fuera. La premisa en ambos casos, The Batman y WOTC, es que el sistema ha fallado miserablemente. Según uno va adentrándose en la historia, se da cuenta de que el sistema está podrido.

Los actores

En el caso de The Batman (Matt Reeves, 2022), el asesinato que dispara la investigación es el de un político rico: el alcalde que se presenta a las reelecciones. En WOTC es un pobre chaval de la calle. Strike 1. El asesino del primero es un lunático que te intentan colar por anarquista. Los asesinos (no condenados) del segundo son seis policías. Strike 2. El primer caso lo investiga la policía y un millonario enmascarado. El segundo caso dispara protestas ciudadanas y si acaso lo investigan agencias federales. Strike 3. Así se construye un relato que suena real pero donde te han hecho el trilero con los roles. Esto luego reposa en el subconsciente del público y palante.

El personaje central en The Batman es Bruce Wayne. El millonario, que actúa de manera anónima y alegal, como salvador (reformador) del sistema. En WOTC es Wayne Jenkins, el policía que, al más puro estilo Villarejo, hace el trabajo sucio al sistema, se cobra su parte, y este le termina poniendo de cabeza de turco. El primero termina cayendo bien y el segundo termina cayendo mal. Posos en la cabeza.

Pero quizás lo que más me llamó la atención es el desenlace. Fue al ver el final de WOTC que vi el paralelismo claro con The Batman. En ambos casos, el alcalde sale junto con el jefe de policía con el clásico ‘lo sentimos, no volverá a pasar’. Tras esta escena, en The Batman hay unas cuantas imágenes épicas de Batman rescatando niños y un poco de blablablá trascendental. En WOTC, tras esta escena hay un par de textos en blanco sobre negro que en vez de vendernos un gatopardismo poco creíble nos cuentan la realidad: Catherine Pugh, la alcaldesa que destituyó al jefe de policía se declaró culpable de conspiración, evasión fiscal y fraude y fue condenada a tres años. El nuevo jefe de policía, Darryl De Sousa, reinstauró la unidad problemática y a los cuatro meses tuvo que dimitir por ser condenado por evasión fiscal.

El sistema

No son las personas, es el sistema”, nos dice un policía veterano en WOTC, abriendo los ojos de Nicole Steele, la abogada designada por la División de Derechos Civiles del Departamento de Justicia para investigar el caso de Gayle.

– «A ver Enigma, que me espantas a la gente para luchar contra el sistema»
– «Tampoco te veo conseguir cambiar mucho el asunto»

En The Batman, esto nos lo dice Enigma. El poli veterano y la comisionada son personas normales y corrientes que sólo quieren mejorar la sociedad en la que viven, pero se topan con un sistema inamovible. A Enigma nos lo pintan como un loco. Mismas conclusiones, distintos actores, que dejan como poso distintas simpatías en el espectador. En el fondo, tememos que la solución sea la de Enigma, hacer saltar todo por los aires. Así que es “o esta mierda o el caos”.

Bueno, el caos también son ellos, ya sabéis

La gran dimisión

Sin embargo, mucha gente se da ya cuenta a día de hoy de que el sistema está tremendamente roto, y en ese camino hacia la desaparición ha roto al planeta y a las personas. Sorprendentemente, pocos de ellos son Enigmas, y la cosa sigue más o menos languideciendo en silencio. Y es que los Enigmas del mundo real, como Nicole Steele, lo que hacen es dimitir. La gran dimisión no son sólo unos cuantos empleados que no quieren trabajar. Son tasas de abstención desbocadas. Es desinterés por la política, por la economía, por el trabajo, por todo. Es descreimiento, apatía, desolación. Es indefensión aprendida. Es dejación de funciones, absentismo, sabotaje. Y es también en pequeños casos salidas del sistema, autoorganización y tímidos movimientos hacia otro mundo. Veremos.

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Conspiración o coincidencia

Me hice adulto con Expediente X, lo reconozco, pero negar la existencia de conspiraciones es absurdo. Percibo una tendencia en la intelectualidad española y, en general, en el consenso de la gente con sentido común, a desdeñar cualquier conspiración con sólo oír algo que se le parezca.

Scully tía, esto va en serio

Y entiendo que es normal. La conspiración como método de explicar la realidad se ha utilizado como estrategia simplista, perezosa y antagonista, principalmente por los sospechosos habituales. La gente de la conspiración judeomasónica, ahora a tope con el marxismo cultural, el gran reemplazo, Bill Gates.

Sin embargo, esto no quita que las conspiraciones existan. Existen desde siempre (Tu quoque). Las hay claramente probadas (Watergate, el 11M y ETA, los GAL, Villarejo boys, you name it). Y las hay con dudas razonables por responder (Kennedy y Oswald, el asunto de Irán y la Contra, Jeffrey Epstein, por ejemplo).

El problema (para los que tratan de aclarar dudas razonables) y la virtud (para los que tratan de ocultar asuntos ponzoñosos) es la aparente inverosimilitud de las conspiraciones. ¿Cómo van a estar casi todos los senadores planeando matar al césar? ¿cómo va a llegar tan lejos Nixon para espiar a los demócratas? ¿cómo nos van a estar mintiendo a la cara sobre la autoría de los atentados? ¿que EEUU está usando la venta de drogas en Nicaragua para financiar un golpe de estado en Irán? ¿Me dices que un señor reviejo y tuerto ha apuñalado a una cirujana estética para que no denuncie al yerno del Villar Mir, marqués en los altos rangos del infierno?

Probar la conspiración sin caer en la chorrada es una fina línea que requiere tanto de escuchar a fuentes que te cuentan cosas muy raras (los pistoleros solitarios) sin despegar los pies del asidero de la rigurosidad (la buena de Dana).

Trabajo en una universidad. Ver lo que la gente lía para conseguir la más exangüe plaza académica da un poco de vértigo. Vértigo porque, si se montan semejantes conspiraciones propias de Kevin Spacey (¿o era Frank Underwood?, yo ya me lío), ¿qué no pasará en lugares donde sí se juega con Poder?

Joder que es una plaza de ayudante doctor sólo, no me montes esta Bruto.

Una muestra de conspiración loca que no es la típica del MKULTRA (muy loca) o del PRISM: la CIA en Filipinas en los 50. Lo cuenta William Blum en el que probablemente sea el mejor libro (p. 40-41) sobre las operaciones de la CIA durante la guerra fría (no lo digo yo, lo dice Chomsky). En Filipinas, la CIA luchaba contra los Huks. ¿Quiénes son los Huks? Os lo podéis imaginar: grupo local que busca una independencia fuera de la tutela USA y la modernización del país, que pasan a ser automáticamente clasificados como comunistas deglute-bebés y a partir de ahí entramos en el vale tudo. La operación la dirige el teniente coronel Lansdale, antiguo trabajador publicitario y discípulo de la guerra psicológica (o psicodélica). Los Huks son supersticiosos, así que Lansdale decide hacer lo siguiente: capturan un Huk. Le hacen dos incisiones en el cuello, lo cuelgan boca abajo hasta que se desangra. Luego cogen el cadáver y lo tiran en un camino transitado por los Huks. Los isleños tienen terror al asuang, la leyenda del vampiro local. Los Huks echan patas cediendo un buen territorio al bando de la libertad sin mácula.

No sé si será la curiosidad científica de buscar algo nuevo y raro, o la infantil de encontrar duendes y demonios, pero el caso es que me fascinan las conspiraciones. Por ello suelo escuchar a las fuentes poco fiables, con distancia pero sin desprecio inmediato. La mayoría de las veces lo descarto, pero también muchas de las veces no lo borro a fuego, lo dejo en la recámara. En ocasiones aparecen otras evidencias que pueden reforzar algo que no parecía consistente. En general, pocas veces puedes decir algo más que ‘no concluyente’. Pero muchas veces también tienes que decir ‘no descartable’.

Es también un problema en ciencia. El ultra-positivismo ha arrasado con cualquier capacidad de duda o de pensamiento on the fringe: si no es falsable y replicable no existe. Perdone: si no es falsable y replicable, no se puede demostrar por el método científico. Con el tiempo, puede haber hipótesis que pasen a poderse comprobar (e.g. gracias a nuevos métodos de medida). Y, en cualquier caso, aunque la ciencia no tenga hoy respuesta, o aunque no la tenga nunca, ese hecho no elimina las cuestiones que no se pueden contestar científicamente, algunas vitales para mucha gente.

Tal vez la mayor conspiración es Dios. George Soros se queda corto en comparación. Un tipo que dirige el cotarro universal desde el comienzo de los tiempos (que lo decidió él también, claro). Y sin embargo… todos somos creyentes. El creyente cree. El ateo cree que no cree. El creyente tiene la carga de la prueba, sí, pero luego está la vastedad del universo, ese 85% de materia oscura hipotética, la inasibilidad de muchos aspectos del tiempo y la interpretación de Copenhage. Uno puede decir razonablemente que no le interesa la pregunta (positivismo), pero dar la negación por respuesta, aunque esté mucho más cerca del ateo que del creyente… bueno. Digamos que tengo una aproximación Laplaciana a la cuestión.

Todos somos creyentes, también los agnósticos. Creemos en la duda. Son desde luego sistemas de creencias muy distintos los tres, que llevan a distintas formas de estar en el mundo. En cualquier caso la necesidad humana de asideros en este frío rincón del unniverso -y de nuestros cerebros-, está ahí.

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No se habla de Bruno, no no no

La película de Disney de estas Navidades ha sido Encanto. Según la sinopsis oficial, la película va de una niña que no tiene poderes en una familia donde todos sus miembros tienen poderes.

[Va a haber spoilers a partir de aquí. Pero no hagan dramas. Les hago spoiler de la vida: al final te mueres. Sabiendo el final ¿no vas a verla igualmente?]

Casoplón

No sé realmente si sus guionistas-directores, Jared Bush y Charise Castro Smith, tienen una conciencia de los límites biofísicos muy afinada, o simplemente el guión han resonado muy fuerte con mi subjetividad. No se les conoce un transfondo en ese sentido (salvo tal vez la película Moana), así que probablemente sea mi paranoia.

El caso es que en la película, tres generaciones viven en condiciones geniales. La abuela, que lo pasó mal, dirige la familia. Los padres, que tienen poderes y prosperan, apenas recuerdan lo mal que lo pasaron de niños. Los hijos tienen poderes, pero están muy estresados por las expectativas que ponen en ellos. Luisa, uno de estos personajes, refleja muy bien el zeitgeist de una generación de niños hiperestresados, apuntados a mil actividades y estudios. Pero con poderes, pues son la generación con más recursos (supuestamente) de la historia.

No es coincidencia que Luisa sea el personaje favorito del merchandising, contra las predicciones de Disney (ya os pasó con Baby Yoda, estáis un poco a uvas).

Que no puedo ya con más extraescolares!

El caso es que, bajo ese trasfondo generacional tensionado, su entorno, “La Casita”, se resquebraja. O eso parece. Pero nadie lo quiere ver. Salvo Bruno, pero no se habla de Bruno, no no no. Gran parte de la trama trata de Mirabel, la niña sin poderes, buscando a Bruno, el extraño tío del que nadie quiere hablar y que desapareció.

Nadie habla de Bruno porque su poder es predecir el futuro. O más bien hacer que los malos augurios se cumplan, según la opinión general. Al contrario que Casandra, la mayoría de las predicciones de Bruno son evidentes: “A usted se le caerá el pelo”, “usted engordará”, “ese pececito se morirá”. Al contrario que a Casandra, le gente le cree, pues han visto que lo que predice, aunque no sea halagüeño, ocurre. Pero prefieren matar al mensajero, y echar la culpa a Bruno y no a la mera evidencia. Así que no se habla de Bruno. Me recuerda a Antonio Turiel cuando dice que en su casa a la hora de cenar no le dejaban hablar del temita.

Mirabel y Bruno la primera vez que leen The Limits of Growth

Bruno simplemente es un heraldo del segundo principio de la termodinámica. Mirabel ve que algo no funciona: los niños, sus hermanas y primos, viven apresados en un mundo de expectativas y apariencias imposibles de cumplir. La casita se resquebraja. La abuela no quiere ni oír hablar del tema, y los padres están a uvas.

Si a ustedes no les parece la definición exacta de dónde estamos, qué sé yo.

Así que Mirabel busca a Bruno, que resulta que se encuentra escondido entre las paredes de la casa. Como los decrecentistas, los peakoilers, o tantos otros, no podemos, no puede, escapar de la sociedad. Tampoco le dejan vivir como desearía, y nadie quiere oírle. Así que vive en los márgenes, y se ha vuelto un poco loco ya.

Mirabel, sin poderes, tal vez esté menos cegada por el derroche de energía de sus hermanas: una influencer, la otra deportista de élite. Mirabel es, en definitiva, una chica de FFF vamos.

Mirabel, digo, ve lo mismo que Bruno: que la casa (oikos en griego) se resquebraja. Más nos valdría conocer (logos) cómo es nuestra casita antes de decidir cómo gestionarla (nomos). Ecología por encima de economía, par favar.

Al final la tragedia ocurre: la casa se derrumba, la vela se apaga. La abuela no puede negar la evidencia. Los padres tienen que darse por aludidos. Bruno es vindicado (un poco). Mirabel obtiene su poder: la reconstrucción, sin fuegos artificiales, piedra a piedra, en común, doblando el lomo toda la familia.

No digo más. Vean la peli si tienen niños, y si no también, que está entretenida. Y sobre todo, como dice Andrew Bird, cuando les hable un Bruno, “Don’t pretend you can’t hear”.

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Los límites biofísicos de la izquierda

Se cumplen 50 años de «The Limits to Growth«. Vergüenza nos debería dar seguir como seguimos. En un salto de tema que también da un poco de vergüenza, se podría decir que hay unos límites que definen lo que puede conseguir la izquierda. Entiéndaseme el concepto ‘izquierda’ en modo amplio, como cualquier intento de cambiar la sociedad en parámetros de igualdad, libertad y fraternidad. Así, incluyo desde la mínima mejora de condiciones laborales arañada por una socialdemocracia moribunda, hasta la utopía anarcoprimistivista más atrevida.

Estos límites, como los de La Tierra, tienen que ver con la vida y con la física. Los cambios se hacen con el cuerpo físico, en un contexto donde las consideraciones sobre la vida, propia y ajena, son fundamentales.

Estos límites están bien documentados. El límite ‘débil’ puede describirse bien con la Comuna de París (1871). El límite ‘fuerte’, con la Revolución Rusa (1917) y sus consecuencias.

El límite ‘débil’

Hay seguramente más ejemplos del límite ‘débil’, se me ocurren desde la Revuelta de Espartaco (71) a la de los Comuneros (1521) o la Revolución de Asturias (1934). Tal vez si nos ponemos muy así se pueda vislumbrar en el advenimiento de Jesucristo (0), la rebelión de los Turbantes Amarillos (184) o, salvando mucho las distancias, el 15M o Podemos.

No obstante, me voy a centrar en la Comuna por ser un caso paradigmático, ultradocumentado y ‘contemporáneo’. Básicamente, por límite débil me refiero a la incapacidad de implementar medidas de progreso por la vía política sin recurrir a una vía económica y militar fuerte. Este límite ocurre cuando el nivel de corrupción y crueldad de la clase dominante es tan excesivo que la clase dominada desborda con una actitud insurreccional, desobediente, constituyente y moderadamente violenta.

Subrayo moderadamente porque es clave: estos movimientos no quieren convertirse en su opresor. La superioridad moral del oprimido es su bandera. Encarcelan en vez de decapitar, negocian en vez de tomar, respetan ciertas instituciones (por ejemplo, en el caso de la Comuna, el gobierno de Thiers o el Banco Central) en vez de derrocarlas. Alfonso Zapico sintetiza de manera soberbia esta piedra de toque del límite débil en La Balada del Norte:

El límite ‘débil’ acepta morir por la causa, pero no matar. Al menos, no matar y arrasar indiscriminadamente. Pongo ‘débil’ entre comillas porque no quiero que se interprete en sentido peyorativo. La debilidad, en el sentido yin del equilibrio, es muy poderosa.

La saña con que la clase dominante destruye estas impugnaciones contrasta de manera acongojante con la ‘violencia’ ejercida por la insurrección. En la Comuna de París, durante la Semana Sangrienta, el ejército francés mató a 35.000 personas, 1 de cada 30 parisinos. Un genocidio a sangre fría que buscaba eliminar las ganas de revolución durante una generación.

El ejemplo de la Comuna resuena con otros ejemplos como el de los Comuneros o la Revolución de Asturias y la Segunda República, en al menos cuatro aspectos:

  • La negociación con las instituciones que oprimen, en vez de su disolución. Los Comuneros nunca intentaron decapitar al rey. La Comuna respetó Versalles.
  • El genocidio calculado de la reacción como castigo. 35000 muertes en la Comuna. Represión brutal en Asturias. El holocausto español durante y tras la Guerra civil.
  • El uso o connivencia de tropas extranjeras para aplastar la revuelta, ante la falta de apoyo entre el pueblo propio. Carlos V recurrió a mercenarios vascos contra ‘su’ Castilla. Franco recurrió a mercenarios marroquíes contra ‘su’ España, tanto en Asturias como en la sublevación del 36. Thiers recibió el apoyo de Bismarck para liberar soldados y entrar en ‘su’ París.
  • La connivencia del capital con la reacción. El banco de Francia dio 30 veces más dinero a Thiers que a la Comuna. Los bancos ingleses cortaron el acceso a los fondos de la República, mientras Franco recibía dinero de múltiples donantes (e.g. Juan March) y petróleo a buen precio de los EEUU.

El límite ‘fuerte’

En la historia contemporánea europea, el terror que vino tras la comuna dejó una huella indeleble en todo el espectro de la izquierda. Esto la dividió entre la socialdemocracia, que aceptó entrar a un juego en el que la derecha determinaba qué migajas se prestaban al tira y afloja, y el comunismo que determinaba la dictadura del proletariado como única opción para un éxito digno de tal nombre. El límite débil sin diluir, tal vez asociable a la vía más anarquista, se cierra como imposible o utópico.

La socialdemocracia marca por tanto el nuevo límite débil de la izquierda o, tal vez más apropiadamente, la asimilación dentro del espectro más ‘progresista’ de la derecha. El comunismo, tanto en Rosa Luxemburgo, como en Lenin o Stalin, marca el límite ‘fuerte’. Robespierre vuelve a resonar. De nuevo es el exceso de la clase dominante, en este caso del zar, su corte y los grandes terratenientes, casi esclavistas en el campo, el que hace inevitable la revolución rusa.

Ya, ya. Todos nos sabemos la cantinela. Y no, no nos la sabemos.

Un taoísta diría que el miedo y la fuerza son sinónimos. El terror a una reacción brutal si el alzamiento falla lleva a los líderes de la revolución rusa a tomar las instituciones y erradicar todo rastro de la clase dominante. El partido bolchevique transita esta vía hasta el punto de controlar cada soviet y cada aspecto de la revolución. La Unión de Repúblicas Socialistas se llamarán Soviéticas, pero cada soviet ya es sólo una extensión del partido bolchevique. La revolución tiene éxito. La clase dominante se ha eliminado. Pero se ha sembrado el germen de una nueva clase dominante.

La dictadura del proletariado nunca cesa y, como pronosticó Bakunin, de la hipócrita libertad sin igualdad capitalista se pasó a la tiránica igualdad sin libertad comunista. La prueba más palpable de esto es cómo la clase dominante comunista es la clase dominante tras la caída de la URSS. Putin, presidente de Rusia, fue ex-agente del KGB y alto cargo durante la desintegración. Zubkov, presidente de Gazprom, fue un alto cargo del partido durante 30 años.

Si el límite débil se puede resumir como ‘aceptar morir pero no matar’, tal vez el límite fuerte sea lo contrario: ‘aceptar matar pero no morir’, o al menos ‘no ceder el poder’. Esto al final deja este límite cerca de la clase dominante, que susurra aniquilar a 26 millones de personas antes que perder un trozo de ‘su’ España.

Escila y Caribdis

A mí no me mires, yo voté a Kudos

Ambos límites parecen apuntar que no hay alternativa. La clase dominante prevalece y castiga si eres firme por las buenas, y te conviertes en ella si vas por las malas. Sólo queda la tercera vía, agachar la cabeza socialdemócrata. Llámese Blair, Zapatero o Yolanda Díaz.

¿Sólo? No deberíamos subestimar las corrientes subterráneas anarquistas, que sin identificarse así siquiera, recorren nuestras sociedades. Como bien analiza James C. Scott, la deserción, la dejación de funciones, la inacción, el absentismo, la desobediencia, el sabotaje, los cuidados y colaboraciones (al margen de la moneda), en diferentes grados de intensidad, son una constante de los estados modernos. Como el yin y el yang, cuanto más duro parece el fuerte, más frágil es. Y vivimos tiempos en que el estado es tan duro como el cristal.

Pero si algo está entre los monstruos marinos es precisamente el mar. La Naturaleza, como confía Darren Allen, es libre como la Comuna y niveladora como la URSS. Es terriblemente poderosa ante el dominador como lo fue la revolución Rusa, y carente del deseo de poder como lo era la Comuna. La Naturaleza ha crujido imperios en Roma, Persia, Egipto, you name it. Todo indica que más bien pronto que tarde, con el fin de los combustibles fósiles y el cambio climático, le queda poco al último imperio global.

Sin duda la Naturaleza es implacable y ciega, y en el ínterin el sufrimiento se antoja -ya es- grande para las clases dominadas, pero tal vez tras la tormenta venga la calma. Una edad oscura para el estado, pero no necesariamente para la humanidad, si no se la lleva entera la marea.

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Tú lo que quieres es que volvamos a las cavernas

Todo el que en algún momento ha ‘debatido’ sobre el cambio climático y el fin de la energía fósil con gente demasiado optimista con el devenir de nuestra civilización ha terminado escuchando esta frase.

Por un lado, está la falacia de cuesta resbaladiza: sólo existe este modo de vida o que volvamos a las cavernas. No hay entre medias nada más. No hay otras formas de vida, de consumo energético y de relación con el medio ambiente entre hoy y la edad de piedra. En esencia, esto dice bastante de tu interlocutor y de lo afinado que está el sistema para haber borrado del imaginario público cualquier alternativa que no sea…

EL.ABSOLUTO.TERROR.Y.MUERTE.DE.LAS.CAVERNAS.

También es de analizar lo de «tú lo que quieres«. Sí, yo quiero a mis hijos pasando frío en una cueva. Lo deseo con todas mis fuerzas. A ver, te estoy planteando las circunstancias en las que estamos, el problema de sobreconsumo, y la realidad geológica del planeta, y tú conviertes la descripción más o menos precisa del estado de las cosas en mi deseo personal. Este es el otro gran triunfo del sistema: en el esquema mental del personal, una amenaza al sistema no se concibe, luego la amenaza tiene que ser el mensajero.

Holi un besi

En resumen, parece que una descripción argumentada de la realidad, para una gran mayoría de mentes, se asimila como «TÚ ERES EL CAOS». Desde los primeros estados en Mesopotamia hasta día de hoy, el sistema-estado identifica amenazas y construye enemigos del mismo modo. Según Anne Porter, Enkidu pasa de ser un pastor que vive en el bosque en las primeras versiones de la epopeya de Gilgamesh, a convertirse casi en un monstruo inhumano un milenio después. Alguien que vive fuera del sistema es un monstruo. Alguien que cuestiona que el sistema pueda mantenerse quiere el caos.

Pues igual un poco sí

El caso es que son ya muchos años hablando del consumo de energía en España en los años 80, o en los 60, y la posibilidad de vivir decentemente con bastante menos. Pero también en estos años uno ha ido leyendo sobre las evidencias arqueológicas de la prehistoria y los primeros estados que se han descubierto en las últimas décadas. Son muchas, variadas y ponen en cuestión bastante de lo que creíamos que sabíamos sobre la prehistoria y la civilización. Ponen en cuestión que el orden civilizatorio sea EL ORDEN y el caos prehistórico fuera EL CAOS. Voy a exponer aquí algunos puntos importantes que nos cuentan entre otros James C. Scott en Against the Grain [1] y Fry et al. en War, Peace and Human Nature [2], dos títulos desgraciadamente no traducidos al castellano.

Caos y orden

El sistema como estrella fugaz

La historia, sobre todo hasta finales del S. XX, se ha maravillado (lógicamente) con los grandes descubrimientos de ruinas y textos dejados por civilizaciones antiguas. Sin embargo, tal vez se haya dejado deslumbrar demasiado. Las evidencias arqueológicas indican que los estados duraban poco, las dinastías eran cortas, y entre medias se encontraban grandes periodos (de siglos o milenios) de edades ‘oscuras’, de las que queda poco resto monumental y texto escrito [3].

Hombre, es que no me digas tú que no es para fliparlo.

El sistema requiere, ayer y hoy, de grandes asentamientos de personas, trabajo forzado o esclavo (obtenido a menudo mediante guerras), acumulación de grano (contabilización y sistemas de impuestos), élites no productivas, y sobreexplotación forestal y de suelo. Se trata de un entramado complejo donde la conjunción que permite llevar al sistema a su cúspide normalmente es inestable y se descompone fácilmente en componentes modulares más sencillos y sostenibles.

Una mala cosecha, una epidemia, una invasión, una revuelta, o procesos más lentos pero insidiosos como la deforestación o la salinización del suelo, tienden a hacer desaparecer las civilizaciones. Como algunas estrellas, la luz que vemos se apagó hace ya largo tiempo, y entre medias quedó una época tenebrosa sin grandes construcciones ni cantares. Probablemente, también con menos esclavismo, menos trabajo forzado, más libertad y menos impuestos, más igualdad y menos batallas. Las componendas del estado que nos maravillan suelen conllevar un sistema de extracción de recursos y personas no tan agradable para sus coetáneos como nos resultan a nosotros hoy sus pirámides, zigurats y coliseos.

La violencia

La cuestión de la violencia, directamente ligada a la de la naturaleza humana, ha sido el gran justificante de todos los destrozos que pueda crear el Leviatán. Según la hipótesis fuerte de la violencia tal y como la describen Wilderquist y McCall [4]: la persona que peor vive dentro del sistema, vive mejor que la persona que mejor vive fuera del sistema.

A pesar de lo evidentemente extrema de esta hipótesis, sigue permeando buena parte del discurso político. Lo normal es que ni aparezca en la discusión, es un dogma asumido. Los datos arqueológicos y antropológicos del mundo prehistórico son inevitablemente incompletos, pero son suficientes para refutar categóricamente esta hipótesis. Por ejemplo, las muertes violentas en Japón son 0.3 por cada 100.000 habitantes, y en EEUU son 4.7 por cada 100.000 habitantes (unas 10 veces más). En la tribu Ju/’Hoansi, una tribu de cazadores-recolectores, se estiman 42 muertes violentas por cada 100.000 individuos, unas 10 veces más que en EEUU. Nadie diría que la persona que peor vive en Japón vive mejor que todas las personas en Estados Unidos. Sin embargo, sí se asume como cierto cuando comparamos un estado con una sociedad cazadora recolectora.

Hobbes habla del miedo continuo a la muerte violenta que experimenta cualquier individuo fuera del estado. Casi 400 años después, este sigue siendo el imaginario colectivo respecto al hombre no civilizado. Sin embargo, las ciudadanas de St. Louis Oeste (con una tasa de muertes violentas de 86 por cada 100.000 habitantes en 2013), o las de San Pedro Sula en Honduras (169/100.000), suponemos que no viven en ese miedo constante.

La hipótesis débil de la violencia trata de suavizar este extremo Hobbesiano, argumentando que, en general, por muy mal que se viva en un estado, se vive mejor que en una tribu al margen del estado. Según esta hipótesis, hay un umbral al partir del cual renta, aunque no sea así para absolutamente todas las personas. Los indios Yanomami, una tribu particularmente violenta, con 166/100.000 homicidios entre 1970 y 1974, se ha usado de ejemplo de la horrible naturaleza humana fuera de las correas del estado. Ahí se superan todos los umbrales y compensa el estado, a pesar de la sociedad carcelaria, el complejo militar-industrial, las tasas de suicidio, etc. Sin embargo, si tal umbral lo consideramos intolerable, ¿por qué no lo es en el caso de San Pedro Sula, o de los negros en Cleveland entre 1969 y 1974 (142/100.000 homicidios)?

Además, muchos estudios de la violencia prehistórica tienen sesgos importantes que tienden a magnificarla. Por ejemplo, a menudo cuentan cualquier traumatismo craneal como evidencia de violencia (obviando la posibilidad de accidentes). También meten en el mismo saco tribus bajo el estrés de condiciones climáticas extremas, de estados adyacentes (muchos de los homicidios a veces son cometidos por personas externas a la tribu), o en las que se ha introducido la lacra (civilizatoria) del alcohol.

En definitiva, incluso contando con los sesgos y falta de datos arqueológicos concluyentes (quedan pocos yacimientos prehistóricos o tribus que vivan sin contacto con civilizaciones), parece difícil mantener que la vida en las cuevas fuera el caos absoluto y el asesinato permanente.

Es más, hay un sorprendentemente largo registro de tribus donde la ratio de homicidios es extraordinariamente baja: los Batek, los Chewong, los Semai y los Semang; los Buid de Filipinas, los Paliyan de La India, los G/wi del sudoeste africano, los Mbuti de África central; los Inuit del norte de Groenlandia, los Shoshone y los Paiute de los Estados Unidos occidentales, los Bakairi de Brasil, y los Mardudjara de Australia. Los Chewong, por ejemplo, no tienen mitología de la violencia, ni palabras para refererise a pelear, agredir o la guerra.

Las vergüenzas del sistema: esclavismo, guerra, epidemia

Parece que los primeros estados no eran un bálsamo ante la guerra y el hambre al que acudían en masa las forrajeras. Más bien al contrario, Scott nos cuenta que parecían tener dificultades para obtener la acumulación de personas necesaria para que el estado fuera viable [1]. Algún autor hasta comenta que la Gran Muralla China podía ser tanto una medida de protección hacia fuera como de contención de la población dentro del estado. La mayoría de guerras buscaban como tributo esclavos, y generalmente no eran tanto épicas batallas entre estados como incursiones de pillaje en sociedades forrajeras.

Además, la concentración de personas y animales era el caldo de cultivo de enfermedades compartidas que podían dar al traste con el centro del estado, provocando la huida en masa y la dispersión de la población.

La agricultura del cereal como fuente de alimentación primaria tampoco era especialmente nutritiva, aunque fuera muy ventajosa para el estado por su facilidad para ser contada y tasada. De hecho, la agricultura, conocida desde milenios antes, tuvo una implantación muy lenta, no era tan atractiva para las sociedades recolectoras, que podían almacenar comida por otros métodos (tubérculos sin sacar de la tierra, procesos de conservación de la carne) que requerían generalmente menos trabajo, aunque no menos planificación.

La esperanza de vida

La esperanza de vida se da a veces como ejemplo de lo bien que estamos en los estados modernos. Lo cierto es que la esperanza de vida está muy sesgada por las muertes en los primeros años de vida. La tasa de mortalidad en niños menores de 1 año es entorno a un 25% y en niños menores de 15 de entorno al 50% en muchos contextos ‘civilizados’: desde el Imperio Romano hasta el Japón feudal, pasando por la Europa del S XIX [5]. Aunque la evidencia es más escasa, pero los estudios parecen concluir que los porcentajes son similares en las sociedades de cazadores-recolectores. El modelo civilizatorio en sus distintas variantes parece tener poco que decir en este sentido. Sólo la higiene, el acceso a agua potable, la rapidez en el transporte, los conocimientos médicos y la vacunación reducen espectacularmente las tasas de mortalidad infantil en el S XX.

El estudio de Gurven y Kaplan (su figura 4 se muestra arriba [6]) acumula evidencias de que la distribución de muertes por edad es similar en distintas modalidades de forrajeros y en la Suecia del siglo XVIII. Sólo los EEUU en el S XXI cambian sustancialmente esta distribución, por el dramático descenso de muertes por debajo de los 60 años. De nuevo, aunque las evidencias son limitadas (son poblaciones pequeñas generalmente) todo parece indicar que el proceso civilizatorio no mejora sustancialmente la esperanza de vida, salvo en las sociedades fosilistas actuales, gracias a los avances sanitarios y de transporte. Es más, si tenemos en cuenta la clase social, podemos llevarnos sorpresas como la del Liverpool de la revolución industrial, donde en 1842 la esperanza de vida de un obrero era de 15 años, 20 menos que la de la clase capitalista [7].

Supongamos entonces que he convencido al lector de descartar la hipótesis fuerte de la violencia, y que le he inclinado a poner en duda su versión débil, o al menos a poner ambas en contexto y contemplar que la violencia no es la única variable relevante en cuanto a la calidad de vida. Demos también por claro que el esclavismo, la pobreza, la guerra y la epidemia son mucho más frecuentes en el sistema (maya, chino, romano o contemporáneo) que fuera de él (aunque existan nativos americanos esclavistas, o tribus amazónicas violentas). Por último, la esperanza de vida no parece una variable mejorada sustancialmente por la civilización, sino más bien por la medicina, la higiene y la capacidad fósil.

Un último apunte: optimismo, pero realista

Gilga y Enki, puteros primigenios

Según la leyenda, a Enkidu le domesticaron con 12 cervezas y 12 prostitutas durante 12 días. Representa bastante bien la entrada en el sistema civilizatorio: evasión de la opresión por arriba y ejercicio de la opresión por abajo.

El colapso de una civilización no es necesariamente algo negativo. Es un desmantelamiento, más o menos abrupto, de sistemas demasiado complejos, inestables y que generalmente incrementan la represión, destrucción y desigualdad sobre personas y ecosistemas. Derivar hacia sistemas más simples no ha sido, a lo largo de la historia, necesariamente negativo para el conjunto de la humanidad. Aceptar esta idea puede ser importante para no caer en el derrotismo y el pesimismo cuando afrontamos una realidad que está cambiando rápidamente el mundo que conocemos.

[1] James C. Scott. Against the Grain. A Deep History of the Earliest States. Yale University Press. 2018

[2] Douglas Fry (ed). War, Peace and Human Nature: The Convergence of Evolutionary and Cultural Views. Oxford University Press. 2013

[3] Anne Porter. Mobile Pastoralism and the formation of Near Eastern Civilizations. Cambridge University Press. 2012 (p. 351-393 – según cita 25 en [1])

[4] Wilderquist y McCall. Prehistoric Myths in Modern Political Philosophy. Edinbugh University Press. 2017

[5] Max Roser. Mortality in the Past – around half died as children. Our World in Data. 2019

[6] M. Gurven y H. Kaplan. Longevity among Hunter-Gatherers: A Cross Cultural Examination. Population and Development review, 33(2), 321-365. 2007

[7] F. Fernández Durán y L. González Reyes. En la espiral de la Energía (Vol. I), pág 319 (en cita a Thompson, 2012). Ed. Libros en Acción, 2018 (2ª ed)

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Blah blah blah

Dice James C. Scott que los griegos llamaban bárbaros a los pueblos que vivían fuera de ciudades estado, porque no entendían lo que decían (bababa). Con el tema de la oficialidá del asturiano me he enterado de que bable también se usaba de manera despectiva: ‘blah blah blah, no sé lo que dice, jajaja’.

Tal vez la principal ansia del estado sea enterarse de todo: documentar todo, gravar cada transacción, grabar cada interacción, contar y tasar cada persona, vaca y grano. El panóptico de Bentham, y su implementación en las aulas, las cárceles, las ciudades, las redes.

Por ello me resulta curioso que el estado se jacte de su ignorancia. «Primero te ignoran, luego se ríen de ti», dicen que es la reacción ante algo que no se puede co-optar.

Tal vez deberíamos recuperar con orgullo el barbarismo y el salvajismo*. Estar poco civilizado, tal y como está la civilización, es casi una necesidad metabólica.

*Salvaje viene del latín silva+aticus: perteneciente a los bosques.

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Demarquía

Hay muchos términos que estaría bien reanalizar. Estado, agricultura, naturaleza humana. Todos ellos son entendidos según un canon sesgado por la incapacidad del hombre moderno (el intelectual, el científico, el político) de ver a la humanidad como un trayecto de 200.000 años. Los últimos 10.000 años marcan nuestra concepción de lo humano. Si afinamos más, podríamos decir que los textos de los últimos 5.000 años son los que marcan lo que consideramos humano. Si tenemos en cuenta que los textos los escribe la alta sociedad (reyes, papas, nobles, funcionarios) y que son, salvo algunas excepciones, ensalzamientos del estado, tenemos una interpretación de lo humano bastante limitada.

Muchos historiadores se han dado cuenta de ello, sirva de ejemplo la Historia Popular de los EEUU de Howard Zinn, un libro inexplicablemente no traducido al castellano. Buscar las evidencias en los intersticios de los escritos, más por lo que no dicen o denigran los textos, que por lo que repiten hasta la extenuación. Buscar evidencias no textuales, arqueológicas, antropológicas, ambientales.

Howard Zinn traducir

Pero hoy vengo a hablar de David Graeber, que en su libro El Estado contra la Democracia reanaliza este otro concepto tan manoseado e incomprendido: democracia. Según envejeces te vuelves un poco de vuelta de todo porque parece que nada te sorprende, pero hay libros geniales que con sencillez te ponen un trozo de mundo patas arriba y evitan que te conviertas en un cínico. Este es el caso de la etimología de democracia discutida en este libro. Algo a la vista pero que no vemos. Democracia. La fuerza (kratos) del pueblo (demos). No el gobierno del pueblo. La fuerza.

Es una forma diferente de nombrar un orden político, si se compara con monarquía, oligarquía, autarquía. Un término que se aplica a otros órdenes políticos como oligocracia, oclocracia, teocracia, idiocracia. Por qué unos órdenes políticos se ganan el archon pero otros reciben el kratos? Según Graeber, la democracia era denostada en el pasado, y lo fue hasta recientemente. Se consideraba una situación violenta marcada por los hombres armados en general. Se consideraba por las élites, claro, que eran las que escribían y lo que nos ha llegado. No en vano, Roma tenía prohibida la entrada de las legiones en la ciudad.

Hombres armados (no esclavos, mujeres, niños o campesinos) eran los que decidían en el ágora ateniense. Atenas era una ciudad, difícilmente un estado con la fuerza coercitiva para evitar que el hombre armado decidiera en común.

Las democracias occidentales se basan en la república romana. No en la Atenas democrática. La democracia, denostada como ineficaz y sembrada de violencia (según las élites, claro) no tuvo apoyo de los ‘padres fundadores’ hasta que vieron necesario acomodar la pulsión democrática del pueblo. «We, the people«, escrito por blancos ricos varones. La democracia se toma como justificación, pero la república es la estructura: un monarca (presidente), una aristocracia (senado) y un órgano menor democrático (congreso).

We, the people. Un campo nabos

Esta situación se ve en muchas declaraciones fundacionales de estados, según Graeber. Toman como ejemplo la organización política igualitaria de pueblos en su periferia, con la que simpatizan sus súbditos, para endulzar su sistema. La evidencia histórica de esos pueblos suele desaparecer, ninguneada en los escritos del estado, y normalmente carente de escritos propios (a menudo, de manera buscada por esas sociedades).

Pero la pulsión igualitaria de los pueblos está ahí. La historia habla por mucho que la quieran callar y por mucho que sólo la quieran leer. La historia hay que escucharla.

Un par de apuntes de mi cuño. Por un lado, la pulsión democrática me hace pensar si los republicanos, enrocados en su derecho a llevar armas, no sean más demóCRATAS que los demócratas, en el sentido en que en un entorno violento, sólo las armas te dan posibilidad de ser oído. Me recuerda a esa escena final en Novecento en que los partisanos, reluctantes, entregan el fusil una vez acabada la guerra.

Puede que me la estén colando, payo.

En cualquier caso, la democracia del fusil de los republicanos, o de los atenienses, es la democracia que quiere el que anhela una jerarquía en la que mande él. La microjerarquía de la familia o de la plantación. Aquí mandan mis pelotas. Y que niños, esclavos y mujeres tiemblen.

Mi otra reflexión es que una palabra tan manoseada, tan pervertida, etimológicamente contradictoria con una sociedad igualitaria, a la que le tenemos que poner adjetivos para dotarla de algo de significado (representativa, de partidos, directa, participativa, liberal) igual es mejor dejarla reposar y acuñar una nueva. Demarquía significa el pueblo como líder. Si todos somos líderes, ninguno es líder. Es decir, sería un sinónimo de anarquía, otro concepto bien manoseado y denostado (véase la tendenciosa definición de cualquier diccionario). Sería un sinónimo en positivo, que toma a todos (demos) y nos hace iguales y líderes (archon). En otras palabras, la demarquía es que yo soy la hostia, y tú también.

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¡Pícame, mosquito!

Nos lo hemos comido todo y lo hemos cagado todo. No hay animal, planta, hongo, madera, piedra o metal que no hayamos deglutido y defecado, muchos a diario. Estamos, según dicen, en la «cúspide» de la «pirámide evolutiva». El mundo es nuestro plato y nuestro váter, cada vez menos distinguibles entre sí.

Sin embargo, hay ciertos zumbidos, dolores de tripa, moqueos y achaques que, de fondo, nos dejan un rúnrún que no queremos escuchar.

Memento cibi

He aquí una imagen de un mosquito con una leyenda en latín que seguro que está mal declinada. Cibus significa comida, creo. Somos comida y estamos para comer y ser comidos. Comidos en vida. Sorbida nuestra sangre por mosquitos, pulgas, arañas y garrapatas. Chupados por moscas y ácaros en busca de sabroso sudor y deliciosa piel muerta. Somos comida, comida fresca y comida podrida. Porque, sí, nos recubre una capa de descomposición de piel muerta y fluidos, por mucho que nos duchemos todos los días.

Esta situación nos pone de los nervios. Es cierto que la picadura de un mosquito es molesta. A pesar de que no queremos ni verlos cerca, una búsqueda de imágenes de mosquitos me deja 27 fotos de mosquitos posados sobre piel humana antes de la primera foto de un mosquito exento. No hay casi marcos en el mundo donde no veas un humano o algo hecho por un humano.

Citronela, lámparas eléctricas, mosquiteras, pulseras, sprays. Todo para no ser comidos ni un poco. No hay concesiones: nosotros lo comemos todo, nadie nos puede comer ni una gota. Nos comemos todo un poco más para que no nos coman ni ese poco. La deriva loca llega al punto de la noticia de la que saco la foto del mosquito. Prometo que no ha sido premeditado, ha sido la primera foto en la que he pinchado. Juzguen ustedes mismos:

Mosquito incognito: Could graphene-lined clothing prevent mosquito bites?

La malaria es un problema gordo (al que se destinan pocos recursos), pero la picadura. La picadura. Ese es el verdadero ‘problema’: toneladas de productos para que el violador se sienta inviolable.

¡Cómetelas, Gorgojo!

No nos gusta que nos piquen. Pero tampoco nos gusta que piquen lo que nos vamos a comer o contemplar. No hablaré del tema de las frutas con forma perfecta, del que mucho se ha hablado y mejor de lo que lo haría yo. Voy a hablar de mi terraza. Algunos conocidos vienen a mi casa y ven las plantas de mi terraza y sólo se fijan en que algunas plantas están comidas. También en que hay malas hierbas y bichos en proporciones alarmantes. Si ven una avispa, a veces tenemos bailes improvisados que se agradecen. Ya nadie baila.

¿Bailas?

Mis plantas viven muchos años y están bastante sanas. Algunos conocidos también aficionados a la jardinería de balcón suelen cambiarlas cada poco porque se secan, y tienen una buena batería de insecticidas, fungicidas, herbicidas y aparatos de tortura vegetal (guías, tijeras, cuerdas). Varios de ellos tienen terrazas estéticamente preciosas, con muchas flores, pocos bichos y menos semillas.

Si arrancas las flores que se secan, la planta da más flores. Si cortas esta rama, te va a salir aquélla más frondosa. Si echas este producto, matas a los pulgones. Va contra mi entendimiento controlar cada aspecto de cada ser vivo de mis inmediaciones. Va también contra la cantidad de tiempo que quiero y puedo dedicarles. Pero sobre todo va contra mi sentido profundo de libertad: ¡deja a la planta que tire por donde quiera, si no molesta! Déjala echar semillas, secarse, pudrirse, brotar, crecer, defenderse o dejarse matar. Déjala vivir. Fukuoka es mi señor, y su palabra no requiere de fe eterna. He comprobado, en pocos años, cómo con poco esfuerzo (físico) por mi parte la naturaleza va poniéndose más o menos en orden incluso en un entorno tan intervenido como el de plantas en macetas en una ciudad.

Poco esfuerzo físico. Porque mental y social requiere un tanto. Ignorar las críticas y presiones continuas (que podes, que hagas esto, lo otro, así no te van a salir flores, te he traído este producto…) y los instintos internos (a esta pobre planta me la tienen machacada los bichos, quizás a esta sí que le podría poner una guía…)

Pero si te mantienes más o menos firme (tampoco hay que ser un talibán) ves que las plantas, que nos llevan unos milenios de ventaja en la evolución, se van adaptando, tiran adelante, están bonitas, incluso con sus cicatrices, y no te partes las espalda. Además te lo agradecen con hojas de hierbabuena, almizcle de jazmines, alguna patata con la que tropiezas y alguna mariposa con la que te cruzas.

El diente de león ese tan feo que te dijeron que arrancaras ha dado una flor amarilla bonita, y ha atraído a todo el pulgón, que también de vez en cuando se come esa mariquita que habría muerto si hubiera echado azufre. Luego da unas semillas que mi hija se divierte soplando. Y luego al secarse no la tiro a la basura como me dicen sino que la dejo dobladita en la maceta (¡qué feo!) y no tengo que comprar tanto saco (de plástico, ¡eso sí que es feo!) con abono. La lombriz que vive abajo me lo agradece.

El Rey Gusano

La lombriz que vive abajo me mira con ojitos. No nos gusta que nos coman vivos. Pero ¡ay que nos coman muertos!

Menuda industria la de echar humo. Hay gente que echa humo toda su vida. Echa humo con su coche para echar humo con su cigarrillo cuando se baja del coche, y de malos humos muere y le incineran para echar una última pedorreta.

La cosa viene de largo. Evitar al rey gusano tanto como sea posible. La mortaja. El anticongelante. La caja. Come textil, come químicos, come madera. Para evitar que te coman, ¡incluso después de muerto! Hay algunos que de verdad, no contribuyen a la causa nunca. Pero ahora con este último grito de la incineración, no sólo no contribuyes sino que puedes hacer un último ‘puf’, y de lo que queda poco se puede aprovechar. No lo retardas, es que lo evitas del todo. Porque la madera se pudre y el anticongelante se descompone, y así el rey gusano sólo tiene que esperar. Pero ahora… ¡come cenizas, cabrón!

La cosa está bien institucionalizada, hasta el punto en que es difícil darle de comer aunque quieras. Por temas de sanidad, se entiende. No obstante, parece que poco a poco volvemos a la ‘tendencia’ del entierro natural. Los musulmanes no usan ataúd. En el Tíbet tiran tu cuerpo a una pradera para que se lo coman los buitres. Qué menos que dar algo cuando ya no necesitas nada.

Aquí, sin embargo, tenemos la muerte muy medida. Y no creas que te libras de los maderos (nunca mejor dicho), tenemos la, atención, POLICÍA SANITARIA MORTUORIA!

No es que sean polis, son funcionarios, pero joder, podían haberle puesto otro nombre. Que lo hacen por sanidad. La cosas es entendible hasta cierto punto. Pero con la limpieza siempre está la cuestión de si no estamos simplemente moviendo la mierda de sitio, de uno donde la vemos a uno donde no. La reglamentación viene del 74 y creo que no se ha modificado a nivel estatal. Algunos extractos de la ley:

  • Art. 6: el destino final de todo cadáver será uno de los tres siguientes: 1) enterramiento en lugar autorizado; 2) incineración; 3) inmersión en alta mar.
  • Art. 9: Se prohíbe la conducción, traslado y enterramiento de cadáveres sin el correspondiente féretro
  • Art. 25: Las inhumaciones en lugares especiales, es decir, las que no se verifiquen en fosas o nichos de cementerios comunes, o de Comunidades exentas, requieren el embalsamamiento del cadáver y su depósito o colocación en féretro de las características exigidas por el artículo 40.

Creo entender, por tanto, que el entierro sin embalsamar y sin caja de pino es a día de hoy ilegal en España. Puedes, tal vez, plantear un entierro en caja de cartón y tal vez sin embalsamar si pasan menos de 48 horas, siempre en un cementerio ‘homologado’.

Descansa en paz (si puedes)

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La cuestión del coche

Un conocido cercano me comentó que se iba a comprar un nuevo coche. Probablemente sea el último de su vida, el que será el cuarto. Su anterior coche tuvo una vida larga, casi 20 años. Era una buena marca y aún tirará algún tiempo como segunda mano. No es, en definitiva, el derroche de recursos de construcción de los numerosos coches de baja calidad (la vida media de un vehículo son unos 14 años).

Cuando le pregunté por los km recorridos, me dijo que tenía unos 160.000 km. «No mucho», según él. Y tiene razón, un coche se considera ‘seminuevo’ si tiene menos de 100.000 km. Si Albert Bartlett decía aquello de que «la gran limitación de la raza humana es su incapacidad para comprender la función exponencial«, yo creo que en el S XXI vamos un paso para atrás, y el ser humano es incapaz de comprender las proporciones siquiera. El diámetro de La Tierra son 40.000 km. El coche de mi conocido había dado 4 veces la vuelta a la Tierra. La distancia de La Tierra a La Luna son 385.000 km. Este coche se había quedado casi a medio camino. Si extrapolamos a los cuatro coches que habrá tenido mi conocido a lo largo de su vida, probablemente le habrá dado para ir y volver a La Luna en coche.

Musk, chúpate esa.

Cómo hemos llegado a esta puta locura

El uso del coche está profundamente ligado a la explosión energética que significó el petróleo el siglo pasado. El petróleo es seguramente la fuente más potente de energía con la que ha contado el ser humano. Pero tiene un defecto: una vez que haces pop, ya no hay stop. No le puedes poner un grifo a los pozos de ambición.

No puedo parar hijo, ¡lo siento!

Los pozos petrolíferos expulsan a ritmo constante por la presión interna, al menos hasta que comienzan a agotarse y entonces hay que bombear. Pero para ese momento, a lo que parece que algunos no le pueden poner grifo es a la ambición. En cualquier caso, y aunque es un vector energético muy estable y fácilmente almacenable, al contrario que otros vectores ‘milagrosos’ como el hidrógeno, no es posible almacenarlo indefinidamente. Lo hemos visto en 2020 con los barcos petroleros a tope dando vueltas por el océano sin destino de venta. Los contenedores terminan corroyéndose y el petróleo se degrada poco a poco.

Tenemos un recurso muy energético, con múltiples subproductos al que necesitamos darle salida, ¿cómo lo hacemos? Para los subproductos más pesados, nos metemos de lleno en la ‘era del plástico’: que sustituya a todo, al metal, al cáñamo y al vidrio como contenedor. Difícil resistirse, dadas sus increíbles propiedades. Eso sí, hagámoslo generalmente suficientemente fino para cargarnos al menos su durabilidad. Porque hay que dar salida al excedente de mañana.

Pero qué hacemos con el grueso del petróleo líquido? El queroseno es muy bueno para mover maquinaria pesada, pero tenemos mucho. Pon en marcha toda una industria del turismo en avión. El diésel es con el que realmente movemos maquinaria pesada, pero tenemos mucho. Invéntate un turismo diésel y cuenta a la gente que sale más rentable. Y por fin, con todo el gasoil, genial para mover camiones, ¿qué hacemos? Crea en la gente la necesidad de moverse todos los días en coche.

Ésta que enumero la última, es la primera de las transformaciones obligadas por el petróleo. Deslavazar nuestras ciudades en secciones separadas, con las ciudades-dormitorio lejos de los centros administrativos, de trabajo y de ocio. Fácilmente vendible: todo el mundo quiere una casita con jardín, y todo el mundo se siente poderoso en un coche a cien kilómetros por hora. La transformación de las ciudades viene de lujo en muchos otros aspectos: le damos más salida a otros subproductos del petróleo (alquitrán para las carreteras), le damos candela al cemento (se calienta con combustibles fósiles para su preparación) y compartimentalizamos a la sociedad haciéndola mucho más maleable y desconectada. El diseño de los campus universitarios tras las protestas estudiantiles de los 60 en EEUU es un ejemplo de premeditación absoluta en este respecto, como ya señaló Chomsky.

Y así llegamos a la puta locura actual, donde nadie hace un trayecto de 15 minutos andando, porque lo puede hacer en coche y tarda sólo 20 minutos en aparcar. Donde la gente mete el coche hasta la clase del colegio de su hijo si le dejan. Donde matan, en España, casi una persona al día por atropellos en ciudades [1]. Donde mueren 8 millones de personas al año por la contaminación del aire [2]. Donde cada padre con un niño pequeño sale con miedo a la calle porque en cualquier despiste te lo arrollan. Más contemos accidentes, enfermedades crónicas, invasión del espacio público, etc.

[1] Un poco menos, 214 muertes al año por atropellos en ciudad, según los datos de la DGT en 2018.

[2] El transporte privado es un 40% de todo el transporte, que contribuye con un 22% de emisiones. Por tanto, aproximadamente un 9% de todas las emisiones son causadas por el coche, y sin duda son las más presentes a pie de calle, donde las respiramos todos.

Alienado en mi Megazord

No hay nada más alienante que el coche. Me monto en algo que está por encima del suelo. Algo que va más rápido que el resto de la gente. De hecho, no oigo a la gente. A algunas (como los niños o las personas en silla de ruedas) es que ni las veo. A los que veo, se apartan a mi paso mientras escucho música. Soy Dios. Tengo poder.

¡GEIs fuera!

La potencia de las sensaciones al volante es muy fuerte, y borra cualquier sentimiento de culpa, de límites y de autocontrol. Fíjense cuántas señales, penalizaciones, carnés por puntos y campañas necesitamos para ponerle un poco de mesura al asunto.

Al desguace, y si no sabotaje

Lejos de mirar con el odio debido al conductor del Megazord. Agachamos la cabeza y pasamos rápido por el paso de peatones, si nos dejan. Incluso movemos la mano para dar las gracias. Tal vez hasta regañamos a nuestro hijo de dos años por pararse a jugar.

Arte de Kevin Peterson

El coche se encuentra no obstante en una encrucijada, no por un cambio de opinión social, sino por la realidad geológica del fin del petróleo barato. Al coche diésel se le ha puesto en la picota como muy contaminante, aunque la razón subyacente es el fin del diésel. Poner en la picota al coche en general va a ser más difícil. Mucha gente ha comprado el modelo de vida en suburbio y uso de coche todos los días. A 5 km de distancia del trabajo, 10 km al día, 50 km a la semana, 200 km al mes, 2000 km al año, en 30 años de vida laboral, la gente se ha comprometido a 60.000 km de coche en sus vidas, mínimo. Recordemos, esto es una vuelta y media a La Tierra. Sólo porque quieres un jardincito.

No sé si sería mejor ponernos a rajar ruedas de aquí para allá, o mirar al conductor con el odio con el que miramos al que no lleva la mascarilla bien puesta en estos tiempos extraños. Me parece que estamos más cerca de mirar con admiración al que lleva ahora su súper-coche eléctrico, cargándolo con la energía de todos en puntos suministrados por nuestros ayuntamientos. Tal vez comeremos menos gases. O no, que se lo digan a los cacereños y la mina de Litio que proyectan en su puta cara. A ver si las baterías están hechas de nubes de colorines.

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